Casi todas ansiamos un mundo diferente, mejor y más justo. Somos conscientes de las grandes injusticias y problemas que aquejan a los pueblos de todo el planeta. La izquierda intenta ofrecer alternativas, pero la mayoría de los modelos propuestos adolecen de graves problemas. Se trata de cosas que podremos entender muy bien, pero que casi nadie en nuestros países “desarrollados” aceptará solucionar de manera consecuente.

La humanidad y el planeta se encuentran en una fase crítica. El capitalismo saquea y esquilma a los pueblos y al planeta. Pero buena parte de la población cree que corrigiendo el capitalismo y ayudando a que los países del “tercer mundo” se desarrollen las cosas pueden mejorar. Pero no. Y el tiempo se agota. A continuación explicaremos por qué la socialdemocracia no puede llevarnos a esa utopía de un mundo sin pobreza, pensando de forma global, para toda la humanidad.

La socialdemocracia es inviable desde el punto de vista económico.

No me refiero a que no sea viable dentro los límites de un estado, es decir, en un país concreto, sino que es imposible llevarlo a toda la humanidad. Pocas teorías económicas han pensando en un modelo válido para todos, para todas, salvo, por supuesto, el neoliberalismo. Según los neoliberales (incluidos el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la troika), los países deben dejarse explotar y saquear y algún día podrán llegar al ansiado desarrollo moderno. Esto, claro, lo dicen para la galería; en el fondo tienen bien sujetos a los gobiernos a los que dicen ayudar, y a la menor esperanza de desarrollo industrial o independencia económica ejecutan golpes de estado o inician guerras.

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Pero, ¿qué ha propuesto la socialdemocracia? En realidad, si nos atenemos a la Internacional Socialista, cuyos principales líderes han pertenecido a Europa o Canadá,  no hay un planteamiento diferente al del neoliberalismo para el tercer mundo. Si los gobiernos del SPD alemán, el PSF de Francia, o incluso los nórdicos han llevado a la clase obrera a lo que llamaban “estado de bienestar” (hoy desmoronándose) fue porque sus empresas (tanto nacionales como multinacionales) accedían a materias primas extranjeras a precios muy baratos, o incluso manufacturaban productos en otros países donde las leyes laborales eran bien diferentes de las que defendían en su política nacional.

Quizás pueda salvarse de la quema a Olof Palme, el líder socialdemócrata más reconocido de la historia, que  aumentó el poder adquisitivo y los servicios sociales de la clase trabajadora sueca denunciando los abusos del capitalismo internacional. Pero claro, acabó asesinado y Suecia no volvió a ser la que era. Además de que nunca dejó de ser un país insertado en el capitalismo mundial, y por tanto cómplice activo de la explotación del tercer mundo. Los suecos y suecas nunca hubieran podido permitirse su tren de vida socialdemócrata si hubieran tenido que pagar un precio justo por el acero y caucho de sus Volvos, el café importado de las mañanas o la tela de sus ropas.

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¿Y en cuanto al “tercer mundo”? Si nos paramos a observar Latinoamérica, podemos decir que cuando algún país ha sido gobernado por partidos miembros de la Internacional Socialista, su política ha oscilado entre tímidas nacionalizaciones de empresas y recursos naturales o su total privatización, siguiendo las directrices del FMI y Banco Mundial. Un ejemplo paradigmático de estos vaivenes fue la IV República de Venezuela gobernada por Carlos Andrés Pérez, amigo de Felipe González, que arruinó y masacró a su pueblo, sin abandonar nunca la retórica socialdemócrata. No cabe esperar otra cosa de una corriente política que siempre se ha subordinado a Estados Unidos y sus multinacionales. Cuando algún gobierno ha pasado de la socialdemocracia al antiimperialismo y ha tratado de desarrollar políticas nacionales independientes, el tío Sam ha hecho todo lo posible por acabar con la experiencia, sin encontrar oposición en la Internacional Socialista.

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Podemos concluir, por tanto, varias cosas:

  • La socialdemocracia nunca se ha preocupado realmente del destino de los pueblos de América, África y Asia.
  • La socialdemocracia sólo puede ser exitosa si se mantiene el saqueo económico sobre los países no industrializados. Es decir, si se obtienen materias primas o incluso productos manufacturados baratos, sobreexplotando a los trabajadores y trabajadoras de dichos países.
  • La socialdemocracia tiene que pedir permiso a EEUU en todo momento para desarrollar sus proyectos. Si alguien se sale del guión los demás le dejan a merced de golpes de estado o intervenciones extranjeras.
  • No es un modelo válido, por tanto, para los países no industrializados. Deben vender su mano de obra y materias primas muy baratas y por tanto hipotecar su presente y su futuro.

Alguien podría decir, sin embargo, que una socialdemocracia honesta, con permiso o al margen del imperio, podría desarrollar una economía próspera con fuertes impuestos a la banca, redistribución de tierras y cierto control de las actividades de la oligarquía nacional. Quizás así desarrollara su industria para no tener que depender de las multinacionales de otros países. Incluso, desde ahí, trazar una agenda socialista que nos sacara del capitalismo (caso de la Venezuela Bolivariana, por ejemplo). Teóricamente sería así, y desde este blog siempre hemos mostrado solidaridad con los pueblos que optan por esa vía, pero nos enfrentamos ahora al segundo problema.

 

La socialdemocracia se basa en el desarrollo de la sociedad industrial, que nos lleva a la destrucción ambiental a medio plazo.

En realidad, aunque nos incomode, somos conscientes de que el planeta está de capa caída. Podemos hablar de cambio climático producido por el aumento de CO2, el agujero en la capa de ozono, el progresivo agotamiento del petróleo y gas natural, las talas masivas de selvas y bosques, la contaminación del agua y la tierra, las migraciones y extinciones de especies animales, las hambrunas, la sequía, las grandes cantidades de basura, los residuos químicos y radioactivos que se deben almacenar, el deshielo de los polos…

No se trata de catástrofes o fenómenos inevitables caídos del cielo. El modo de producción capitalista y la sociedad industrial son los responsables. Hay una larga lista de prácticas absolutamente insostenibles: las altísimas y crecientes tasas de consumo de energía (tanto en nuestras casas y coches como en las fábricas), las emisiones de CO2 (de nuevo desde nuestras casas, coches y fábricas), la cría de vacas a una escala jamás conocida que consumen pastos y producen gas metano, la gran minería, los vertidos industriales, los accidentes petroleros, las nuevas amenazas como el fracking o el almacenamiento de dióxido de carbono…

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En la práctica, los gobiernos socialdemócratas o incluso socialistas han hecho suya la clásica consigna marxista de “desarrollar al máximo las fuerzas productivas”. Es decir, desarrollar la industria y los medios tecnológicos para maximizar la producción y poder así obtener la máxima cantidad de productos a consumir. Parece que ése sería el paraíso de la clase trabajadora: poder usar, gastar y tirar cuantos más productos mejor. Esto es así en todos los países industrializados. El sector automovilístico, clave en muchas economías, produce vehículos (que contaminan, obviamente), sin parar, con subvenciones de los estados. La construcción no se para a pesar de que existan millones de viviendas vacías. Las empresas energéticas y mineras contaminan a mil por hora para llevar a nuestros hogares la electricidad y recursos, dejándonos como legado toneladas de materiales radioactivos que deberemos custodiar durante milenios. ¿Alguien se imagina que los 7.000 millones de personas que vivimos en el planeta tuvieran frigorífico, lavadora, lavavajillas, horno, coche y calefacción? Esto, que en Europa y Norteamérica nos parece lo normal, acabaría con el planeta en unos pocos años. Además, las fábricas químicas emiten todo tipo de contaminantes para elaborar plásticos, herbicidas o medicinas. La agricultura emplea todo tipo de tóxicos para, aparentemente, maximizar los rendimientos, convirtiendo el suelo natural en un mero soporte. La ganadería cada vez utiliza más vacunas, antibióticos y piensos químicos. Se importan millones de toneladas de alimentos desde otros países, generando pobreza y gastando petróleo en el transporte. Qué decir también de los cultivos transgénicos. Y los defensores de la Sociedad de la información obvian también que los componentes electrónicos llevan todo tipo de metales contaminantes y que suponen un altísimo gasto de energía. Según algunos estudios, Internet supone ya un 2% del gasto eléctrico mundial.

Como el panorama es tan devastador, buscamos soluciones mágicas. Pero un análisis mínimamente serio deja en evidencia que ninguna de ellas es seria.

  • El reciclado. No puede evitar que cada vez consumamos más materias primas. Y que para reciclarlas se necesitan fábricas, que también gastan energía y contaminan. La opción más eficiente, el reciclado “puerta a puerta”, implica un mínimo compromiso personal que es rechazado por la mayoría de la población. De hecho, Bildu perdió varias alcaldías por llevarlo a la práctica. En cualquier caso, incluso en esta versión el reciclado no puede llegar al 80% de eficiencia, y sigue contaminando y requiriendo energía para reciclar.
  • Las energías “renovables”. No es sólo que el gran capital no quiera invertir en ellas y que algunos gobiernos, como el español, las estén penalizando. Es que ninguna de ellas tiene un impacto “cero” sobre el medio ambiente. Los paneles de energía solar requieren materiales difícilmente reciclables. Los molinos de viento no sólo estropean el paisaje, sino que modifican las corrientes aéreas afectando a las aves, y requieren toneladas de acero para su construcción. La biomasa (incluida la leña de toda la vida) no puede ser utilizada a gran escala sin deteriorar el medio ambiente. En cualquier caso, podrían ser un mal menor si redujéramos el consumo de energía, pero quienes defienden este tipo de energías no plantean eso. Corre el recurrente rumor de “han descubierto ya energías totalmente limpias, algún día permitirán su uso”. Creernos esto es un ejercicio de voluntarismo y negación de nuestros problemas, pero es que además nos lleva a otra cuestión. Dependemos de que los poderes económicos y políticos socialicen la tecnología, algo que nunca harán mientras exista el capitalismo.
  • La reflexión sobre el futuro por parte de las élites políticas.  Todavía existen amplios sectores de la comunidad científica y ecologista que confían en que escucharán sus advertencias. Pero no. Para nada piensan revertir los daños que han causado al medio ambiente. Los tratados de libre comercio globales que se están poniendo en marcha (algunos de los cuales ya son conocidos, como el TTIP, CETA o TISA) inciden en todo lo contrario: privatizar cada vez más los recursos naturales, saltarse las protecciones legales al medio ambiente y salud humana, convertirlo todo en mercancía (incluido el agua), obligar a los estados a legislar para las grandes industrias contaminantes. Y es lógico: las élites políticas están sometidas a las económicas, cuya principal motivación es aumentar sus beneficios y patrimonio. Piensan a largo plazo, en el futuro, sí, pero en el suyo. Con su dinero y la sumisión de los estados siempre podrán pagarse su “mundo aparte” lejos de la contaminación que rodeará a la clase obrera.

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Así que tenemos en frente un panorama desolador. Nadie sabe a ciencia cierta si a este ritmo podremos seguir viviendo dignamente en este planeta años, décadas, o quizá un siglo. Cada vez más áreas geográficas serán difícilmente habitables. Las migraciones se intensificarán, la desigualdad también, y las guerras, por supuesto.

Y, ¿qué hacer? Soluciones fáciles no existen, desde luego. Por un lado, sabemos que hay que luchar todo lo posible contra los nuevos tratados comerciales y las potencias capitalistas. También deberíamos tener bien presente el ideal socialista, el de un mundo sin clases, y apoyar a quienes luchan por ello en cualquier rincón del planeta. El mundo será más viable sin una burguesía tentada de exprimirlo. Y por supuesto, paulatinamente, habría que desmantelar el modelo de sociedad industrial. Pero claro, ¿qué europe@ quiere vivir sin coche individual, sin decenas de electrodomésticos en casa, ahorrando seriamente agua y electricidad, separando todos los residuos, cultivando una pequeña huerta ecológica y consumiendo productos locales sin envasar? Puede que nadie. Pero si se dice que el socialismo es una utopía, creer que podremos llevar una vida digna con el capitalismo es algo absolutamente irreal.

En cualquier caso, la solución nunca llegará de Europa o Norteamérica. Las esperanzas surgirán de lo que llamamos tercer mundo, de quien más sufre las consecuencias de este sistema, de quien nunca ha vivido con nuestros lujos.

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