Cada vez que sucede un atentado en suelo europeo o norteamericano, la televisión y la prensa nos presentan decenas de tertulianos y opinólogas que intentan pensar por nosotras. En general, cuando las masacres suceden lejos no suele existir demasiada preocupación, y se entiende que nos hablen más de la actualidad local, o el fútbol y los asuntos del corazón.

Pero, nuevamente, tras las masacres en Europa los profesionales del discurso mediático nos ofrecen soluciones para la “guerra contra el terror”. Nada nuevo bajo el sol: bombardeos, coordinación y vigilancia policial, “educación”, controles migratorios, una tímida ayuda al desarrollo…

Además, todo ello está impregnado de una visión paternalista: nosotros, los pensadores y mandatarios occidentales, decidimos los pasos a dar. A pesar de que cada guerra o atentado revela su estrepitoso fracaso. Se apela a la pretendida superioridad ética de los pueblos occidentales frente al salvajismo fundamentalista. Algunos extienden abiertamente la islamofobia mintiendo, tergiversando y creando alarmismo.

islamophobia

El problema principal de estas argumentaciones es que parten de una premisa falsa: asumir que los gobiernos occidentales realmente quieren acabar con las guerras. La realidad nos muestra claramente que no es así. Tanto las multinacionales como los estados miembros de la OTAN se benefician ampliamente de los conflictos, que a menudo planean y causan de forma consciente y deliberada. Por no hablar de que es muy difícil  justificar que a algunas cosas se las llame terrorismo y a otras, que se cobran el mismo o mayor número de víctimas, no. Y que se criminalice y estigmatice a todas las milicias de Oriente Medio: nada tienen que ver Hizbulá, Hamás, el FPLP o las guerrillas kurdas con el fundamentalismo sectario de Al-Qaeda, ISIS o Boko-Haram.

10550903_10204800970237028_6571783404056095694_n

En el presente post se va a recopilar una lista de medidas que podrían ponerse en marcha y que a buen seguro contribuirían a la paz y la justicia mundiales. No se trata de ideas especialmente originales ni revolucionarias, como podrá verse; la mayoría se han repetido hasta la saciedad. Y, sin embargo, no se ponen en marcha, pese a que casi cualquiera las suscribiría.

  • Dejar de producir y suministrar armas a dictaduras atroces, países en conflicto o grupos terroristas y/o paramilitares. Evidentemente, esto acabaría con una buena parte del problema. Además, si la industria armamentística no fuera tan potente, no existiría un lobby destinado a presionar para que los gobiernos entren en guerra. Pero, obviamente, supondría una merma considerable de los beneficios económicos para empresas privadas y estatales. En el caso del estado español, al menos 1.378,5 millones de euros en el primer semestre de 2014. Y una parte considerable se vendió a regímenes totalitarios: sólo las ventas a Arabia Saudí ascienden a un 14,8% de las exportaciones. Otro dato: el presidente Hollande admite haber suministrado armas letales en 2012 a los “rebeldes” sirios (más tarde llamados Estado Islámico o Frente Al-Nusra – Al Qaeda). En cuanto a EEUU,  el 75% de su “ayuda” militar ha tenido como destinatarios a la dictadura egipcia y al régimen sionista de Israel.

 

  • Otra aportación esencial sería romper relaciones con los estados que organizan el terrorismo, como Arabia Saudí. No es ningún secreto que este país, junto con Qatar y los EAU son los principales responsables de la expansión del terrorismo salafista. Desde que la casa de Saúd formara su estado, ha contado con el wahabismo (una forma integrista e intolerante del islam) como ideología legitimadora de la terrible satrapía que crearon. Arabia Saudí ha formado en sus escuelas a varias generaciones de líderes político-religiosos que inspiraron a los talibanes, Boko Haram, Al Qaeda o ISIS, con la colaboración o permisividad de EEUU. Mientras los miembros de la OTAN sigan comprando petróleo y vendiendo armamento a la satrapía saudí, los grupos terroristas contarán con un poderoso mecenas. Por no mencionar la terrible opresión que soportan los millones de personas que viven bajo su yugo, y la guerra en Yemen.

el-rey-juan-carlos-viaja-a-arabia-saudi-en-un-momento-clave-para-el-ave-de-la-mecaEl “campechano” de aperitivo con la familia saudí en viaje de negocios.

  • Acabar con los paraísos fiscales. Es obvio que quien se dedica al tráfico ilegal de armas (y drogas, y mujeres, y negocios corruptos) procura almacenar su dinero en países con secreto bancario. Lo mismo hacen numerosos grupos terroristas. Evidentemente, los países miembros de la OTAN y sus aliados, como firmes defensores del sistema capitalista, nunca tratarán de cerrar los paraísos fiscales. Necesitan blanquear dinero para sus operaciones encubiertas, así como dar refugio y cobertura a sus negocios menos legales. Además, numerosos gobernantes y directivos quieren asegurarse un retiro cómodo y discreto cuando finalice su “servicio”.

 

  • Renunciar al robo de las materias primas. Si en lugar de saquear un país o instalar un gobierno títere que permita la extracción barata de sus recursos los países capitalistas tuvieran voluntad de comerciar de manera razonable, los conflictos bélicos cesarían en una proporción abrumadora. Pero claro, la industria capitalista no podría funcionar. Sin robo no hay beneficio. Así de simple. Para las multinacionales sale más barato montar una guerra que comprar recursos naturales a un precio digno. El consumismo occidental se basa en este saqueo; sin él, los precios de los productos que compramos se dispararían.

 

  • Dejar de comprar petróleo, u otras materias primas, a grupos paramilitares, mafiosos o terroristas.  Numerosas multinacionales, avaladas por los estados, compran petróleo, diamantes o coltán a grupos que han usurpado la propiedad de estos recursos, a precios mucho más bajos que los del mercado regulado. Esto supone no sólo un crimen, sino también la financiación de estos grupos. Se estima que el Estado Islámico-ISIS obtiene más de un millón de dólares diarios por la venta de petróleo. ¿Y quién lo compra? Pues casi todo el mundo, incluidos países de la UE, por supuesto. Las rutas apuntan a la permisividad y complicidad de Turquía (miembro de la OTAN).

Contrabando-petróleo-Estado-Islámico-Siria

  • Dejar de colaborar con grupos terroristas. Sí, como suena. Los takfiristas-salafistas suelen atacar a los enemigos de la OTAN, nunca a Israel ni a las satrapías árabes, y sólo ocasionalmente a intereses europeos o gringos. No es casualidad. Los principales objetivos de estas organizaciones son los mismos que los de la OTAN: sus acciones van dirigidas contra Hamás, Hizbulá, Irán, Siria, Kurdistán… y, en general cualquiera que no se adhiera a su peculiar confesión del Islam y acepte ingresar en sus filas. Así que estos grupos le hacen el trabajo sucio. La OTAN quiere derrocar a Al-Assad en Siria,  allí están el Frente Al-Nusra y el ISIS. Quiere debilitar al movimiento contra las petroleras en el delta del Níger, allí surge Boko Haram. Quería destruir el régimen de Gadafi, pues allí llega de nuevo Al-Qaeda. Quería atacar al Afganistán socialista de los 80, allí crean a los talibanes. Numerosas pruebas e indicios revelan que ha habido apoyo consciente y deliberado de EEUU y Arabia Saudí (y también otros países) a estos grupos. Por cierto, en Europa también se ha utilizado esta táctica. Basta recordar la Operación Gladio en la Europa de los 70 y 80, o la creación del UCK en Kosovo.

e106fe1f30056a8263f772b4452a0078.jpg

  • Alcanzar una paz justa en Palestina. Por increíble que suene, la cuestión sería relativamente sencilla si EEUU tuviera voluntad política. Israel depende de la ayuda militar y financiera norteamericana. Hamás y la OLP han afirmado en varias ocasiones que estarían dispuestos a aceptar un acuerdo basado en las fronteras anteriores al 67 para evitar que continúe el baño de sangre. Quedaría por resolver la cuestión de los millones de refugiados. Israel podría aspirar a ser considerado un estado legítimo. Pero no. Pudiendo someter a los y las palestinos a un largo genocidio, ¿para qué negociar? ¿Por qué dejar al pueblo palestino dirigir su territorio cuando se le puede despojar de él por la fuerza? Ésa es la lógica israelí y estadounidense.

 

  • Admitir la culpa y no volver a cometer los mismos crímenes contra la humanidad. Recientemente, Tony Blair admitió cínicamente que “se había equivocado” con la invasión de Irak. No es que erraran; a buen seguro la inteligencia de EEUU y el Reino Unido contaban con el dramático desenlace de la invasión. Sólo que no pueden justificar su obra y tratan de ocultar que, intencionadamente, incentivaron el sectarismo religioso para dividir a la población, además de destruir las infraestructuras del estado. Todo esto debe salir a la luz. Los pueblos de Oriente Medio, y la humanidad, tienen derecho a un relato honesto y veraz de los conflictos pasados y presentes.

 

  • Dejar de buscar chivos expiatorios para las consecuencias de sus políticas militares o económicas. Las élites siempre han buscado desviar las iras de los pueblos a los que sojuzgan. En la edad media y la Europa de entreguerras, el “enemigo”, entre otros, fueron los judíos. Actualmente son los musulmanes, a los que se responsabiliza globalmente de las guerras y el terrorismo. Si se dejara de azuzar el racismo y la intolerancia tendríamos una comprensión más racional de los problemas, quiénes los generan y cómo resolverlos. Además, el racismo es un arma de ida y vuelta: ante la discriminación y la opresión, parte de los grupos oprimidos pasa a engrosar las filas de los grupos fundamentalistas.

dresde.jpg_1718483346Manifestación del grupo ultraderechista “Pegida” en Dresde, Alemania

  • Reformar la ONU para que realmente sea democrática y sirva para solucionar conflictos de manera justa y pacífica. Actualmente, hay cinco países con derecho a veto: China, Francia, Rusia, el Reino Unido y EEUU. Todos ellos, especialmente EEUU, han utilizado este privilegio para impedir la ejecución de resoluciones. Además, presionan a gobiernos débiles para que orienten su voto en el sentido que más les beneficie. Dos ejemplos: el fin del bloqueo a Cuba y el reconocimiento del estado palestino. Esto imposibilita una resolución dialogada de los conflictos, y deja a los pueblos del mundo sin ninguna oportunidad de encontrar justicia en esta institución. Pero sirve a los intereses de las grandes potencias, que no renunciarán a su posición de poder.

 

Así pues, ¿quién podría estar en contra de estas medidas? Desde luego, nadie que tenga un mínimo interés en la paz. Pero sí las multinacionales y nuestros gobiernos. Ninguna de ellas se llevará a cabo mientras el capitalismo rija nuestras vidas, y tratar de conseguir estas metas es colocarse la diana. Así les ocurre a movimientos sociales, partidos políticos o gobiernos que se atreven a cuestionar los intereses imperialistas y plantean lo que se ha venido a llamar “la diplomacia de los pueblos”.

No faltará quien diga que todo esto es una utopía, que jamás se puede conseguir nada de esto y que hay que buscar soluciones realistas. El problema es que no existen soluciones intermedias; sin estas medidas, y otros cambios, nunca saldremos de la guerra perpetua. Otra cosa es que las bombas caigan más cerca o más lejos, de momento. Pero ni la humanidad, ni el planeta, pueden aguantar mucho más.

Anuncios