Al calor de las luchas sostenidas en los últimos años, la asamblea como forma de organización se ha popularizado muchísimo a lo largo de todo el estado español. Innumerables agrupaciones se autodefinen así, ya peleen desde los barrios, o sean personas precarias o en paro, o luchen contra el fracking, por poner algunos ejemplos. Las señas de identidad de una asamblea, frente a otras formas organizativas, son la definición de horizontalidad (igualdad total de las personas, sin representantes ni intermediarios; nadie está por encima de nadie) y la composición a base de personas, no de colectivos. Es decir, que un militante de otra organización puede participar en la asamblea, pero NO como representante de esa organización.

En teoría, una asamblea se compone de personas cuyas opiniones cuentan por igual. No es manejada por otras organizaciones. Es autónoma también con respecto a las instituciones oficiales. También se supone que cualquier persona puede participar mientras comparta los principales objetivos y dinámicas. Es una forma de organización que trata de relacionar a las personas de manera igualitaria, sin jerarquías, como desearíamos que fuera el mundo en el que vivimos.

1389638838239gamonal-detallec4Importante reunión de la Asamblea de Gamonal en la lucha contra el bulevar.

Sin embargo, nada es fácil, y las luchas y peleas no están nunca exentas de problemas, tanto operativos como éticos. En general es mucho más probable que una asamblea funcione bien cuando las gentes que la componen tienen afinidades en cuanto a los objetivos que persiguen y los medios que utilizarán, pero esto no siempre es así. Muy diferente es la Plataforma, que consiste normalmente en la coordinación de partidos políticos, sindicatos, asociaciones y quizás también de personas “a título individual”, que tienden a llegar a acuerdos en función de los intereses y motivaciones políticas de cada componente (lo cual es legítimo, pero no es una asamblea). Analizaremos algunas cuestiones importantes y polémicas relacionadas con las asambleas.

¿Cómo se toman las decisiones? ¿Cómo llegar a acuerdos?

Éste es un punto importante. A menudo algunas personas proponen que para aprobar una propuesta, o definir una postura de la asamblea, todas deben estar de acuerdo, o al menos estar dispuestas a ceder. Es lo que se llama consenso. Otras mantienen que cuando no hay consenso no se puede consentir que una minoría de personas bloqueen una decisión de la mayoría, y proponen una votación. Ambas cuestiones tienen sus propias ventajas y desventajas, e influyen decisivamente en cómo evolucione la asamblea. Quien crea que esta cuestión es irrelevante se equivoca. Adjuntamos aquí un cuadro-resumen de las principales formas de tomar decisiones, y sus pros y contras:

TOMA DECISIONES ASAMBLEAComo se ve, todas tienen sus implicaciones y consecuencias. Mucha gente, especialmente la vinculada a partidos políticos, entiende que votando se ahorra tiempo y se funciona de manera democrática, pero debe entender que quien pierde la votación puede verse frustrado (especialmente si ocurre a menudo, con lo que ve que sus posturas no son tenidas en cuenta). Por otro lado, debe evitarse “llenar de gente” la asamblea cuando tenga lugar una votación. Es conocido que en ocasiones, con tal de ganar una votación, hay quien puede llamar a un montón de gente afín para que ese día acudan a la asamblea a votar a favor de su propuesta. Esto es posible porque las asambleas no tienen un registro de miembros y están abiertas a la participación. Por otro lado, quienes están acostumbrados a trabajar al margen de las instituciones tienden a preferir el consenso absoluto. Esta opción exige mucha paciencia, buena fe y disposición a ser flexibles, ya que algunos debates pueden ser muy largos; incluso pueden quedarse en el tintero. También puede ocurrir que una minoría bloquee sistemáticamente las propuestas con las que no coincide, lo que genera el cabreo del resto. Será responsabilidad de la asamblea elegir cómo se trabaja, siendo conscientes de los pros y contras de cada opción.

 

¿Cómo se mantiene la independencia respecto a otras organizaciones?

Es muy común, incluso deseable, el hecho de que en las asambleas participen personas que a la vez militen en asociaciones, sindicatos, organizaciones políticas… Pueden aportar su experiencia y su capacidad de difundir a terceras personas las actividades y posicionamientos de la asamblea. Pero claro, también habrá quien se sienta tentado de arrimar el ascua a su sardina e intente que la asamblea haga seguidismo de su propia organización. Un ejemplo extremo: que alguien proponga a la asamblea que pida el voto para el partido xxxx en las próximas elecciones. Un ejemplo no tan extremo: que la asamblea secunde, apoye o colabore en la preparación de una manifestación convocada por otra(s) organización(es).

La primera propuesta, ineludiblemente, traería consecuencias irreversibles: la identificación de la asamblea con ese partido, lo que sería percibido también desde fuera; las gentes que no participan directamente en la asamblea entenderían que apoyar a la asamblea es apoyar a ese partido, lo cual evidentemente dejaría fuera a mucha gente.

La segunda situación surge a menudo. ¿Colaborar con otras organizaciones para algunas actividades? Evidentemente, las asambleas difícilmente pueden subsistir y ganar las luchas por sí solas, sin apoyos, pero definir con quién y cómo se trabaja no es una cuestión fácil. ¿Se trabajará con partidos políticos? ¿Con sindicatos? ¿O sólo con otras organizaciones asamblearias? ¿Se dirá que las otras organizaciones apoyen las actividades de la asamblea y viceversa, o sólo en algunos momentos concretos? Esto es complicado, tanto por mantener la independencia de la asamblea como por otra cuestión básica: la reciprocidad. Se supone que si yo te apoyo hoy, tú me apoyarás mañana. Lo contrario es ser desagradecidos, como se suele decir. Así que no es cuestión baladí evaluar las posibles consecuencias o implicaciones antes de tomar una decisión.

resizeLa Asamblea de Gamonal en la marcha del 22 M junto a decenas de organizaciones.

También es importante asumir que colaborar con alguien nos contagia en cierta manera de su halo. Es decir, que si colaboramos con una organización ecologista, asumiremos que, al menos en parte, somos ecologistas y si colaboraremos con una organización que promueve la okupación, apoyaremos también esa cuestión en cierta medida. Esto suena muy bien, pero sustituyamos los “ismos” por otros y la okupación por otras acciones y veremos qué complicado puede ser debatirlo.

 

¿Cómo se relaciona con las instituciones?

¿Relacionarnos con las instituciones? ¡Nunca! ¡Sí, si sirve para que cedan! ¡No, si son del PP! ¡Sí, si son sensibles a las causas populares!

Estas cuatro exclamaciones resumen cuatro posturas típicas y tópicas.

En primer lugar, hay que aclarar que es casi imposible no relacionarnos con las instituciones. Otra cosa es que nuestra relación sea de confrontación total o parcial, de colaboración puntual, de negociación o simplemente de hacerle llegar nuestras exigencias o posicionamientos.

Tradicionalmente, las posiciones más libertarias entienden que no tiene sentido reconocer a las instituciones sean del signo que sean, ya que forman parte de un aparato de opresión y serán siempre el enemigo, o cuanto menos querrán mantener su parcela de poder. Por otro lado, quienes están más cercanos a planteamientos ciudadanistas suelen pensar que hay que forzar al diálogo o negociación a las instituciones para recuperar su funcionamiento democrático, además de que manejan recursos públicos que son de todos, lo que no puede ignorarse.

Entre estas dos posturas existen muchos puntos intermedios. En general, puede decirse que negarse siempre a la comunicación puede ocasionar que se dejen pasar algunas ocasiones en las que merezca la pena, y que entrar al diálogo o negociación habitual entraña el riesgo de que los partidos e instituciones engañen a la asamblea, la desactiven total o parcialmente o bajen la intensidad de su oposición y la contundencia de sus acciones. O que corrompan a los portavoces.

La decisión depende también de quién sea el interlocutor. Es decir, quién gobierne el Ayuntamiento, La Junta, la Subdelegación… Algunos representantes directamente se niegan a escuchar o reunirse con asambleas que se oponen a sus propósitos. Otros pueden aceptar reunirse pero solamente para dar la apariencia de diálogo mientras en realidad ignoran totalmente a la asamblea y siguen en sus trece. Otros, en cambio, están dispuestos a negociar o incluso incorporar algunas reivindicaciones de las asambleas. En cualquier caso, siempre existirá la mutua desconfianza, lo cual no tiene por qué ser algo insano.

30El alcalde de Burgos, tras una semana de lucha popular masiva y manifestar a la Asamblea de Gamonal que no cedería, finalmente da su brazo a torcer.

 

A modo de ejemplo extremo está el de la financiación. Algunas asambleas pueden sentirse tentadas a legalizarse, inscribirse en el registro a modo de asociación y llegar a pedir subvenciones o locales a alguna institución. Esto puede verse como una cooptación, como una forma de rendirse al sistema, o como una oportunidad que no tiene por qué conllevar un cambio en las posturas de la asamblea si se mantiene la guardia alta. Lo que está claro es que altera la propia dinámica y se asume que hay que cumplir con las leyes y normativas existentes, además de que habrá personas que figuren como responsables ante el estado y las admnistraciones.

Así las cosas, parece difícil encontrar el equilibrio. Preservar la autonomía frente a quienes nos gobiernan, por un lado, y aprovechar algunas ocasiones en las que la fuerza de la asamblea pueda obligar a una institución a ceder, por otro, es complicado. Hay decenas de argumentos para defender la no comunicación, la comunicación parcial o la habitual, que dependen además del contexto y sobre todo de quién gobierne. Lo que está claro es que esta cuestión puede dividir al movimiento, y que a menudo habrá que evaluar si la decisión tomada puede repetirse en función de las consecuencias.

 

Como apunte final, en esta cuestión tampoco hay que pensar que Europa, el estado español o Gamonal son el ombligo del mundo. Las asambleas como modo organizativo son tan antiguas como la humanidad, y multitud de pueblos indígenas se organizan tradicionalmente de un modo más o menos asambleario. Podemos encontrar ejemplos actuales en ellos, pero también en otras organizaciones populares. Un casomuy llamativo y potente fue el de la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca, en México. Durante dos años, celebraron asambleas multitudinarias escrupulosamente respetuosas con el consenso y la opinión de todos y todas. Celebraban reuniones de miles de personas y tardaban horas, incluso días en algunas ocasiones, en llegar a acuerdos. Pero claro, aquí no tenemos la paciencia ni la sabiduría de otros lugares. Y tampoco estuvieron exentos de problemas. De hecho, con el paso del tiempo, la APPO consiguió algunos de sus objetivos, como la destitución y procesamiento del gobernador corrupto y asesino Ulises Ruiz Ortiz, pero posteriormente fue desactivándose poco a poco. Las causas están relacionadas con todos los interrogantes que hemos encontrado. En su página web pueden verse las actividades, su estructura y organización. Hasta 2009.

Ulises-appoBanana

oaxaca

También hemos hablado en este blog de los Consejos Comunales de Venezuela, en especial en el populoso barrio del 23 de Enero. Allí, en cambio, suele utilizarse la votación para tomar decisiones, y no sólo están legalizados y reconocidos por el estado sino que manejan recursos del mismo en favor de su propia comunidad. Como es obvio, esto también genera contradicciones, problemas y desaveniencias, pero ¿quién está libre de ellas? Nadie dijo que luchar y organizarse sea fácil. A aprender y tener paciencia.

 

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