Quizás el título de esta entrada sea un tanto rimbombante. Quizás no aclare mucho sobre el contenido. Advierto que lo que sigue es texto, con una sola imagen. Pero, al menos a priori, se entiende que  la valentía, la ética y la coherencia deberían guiar nuestras luchas y quehaceres. Lo contrario trae desconcierto, injusticias, desconfianzas y vicios difíciles de corregir en adelante. Éste es un tema importante, y no está de más pararnos a analizar.

Cuando nos movilizamos, continuamente tomamos posicionamientos, decisiones y actitudes que deben valorarse desde la ética, la coherencia y las ganas de vencer. Lo contrario es simplemente fingir que se lucha, figurar, estar ahí  y buscar simpatías.

En la lucha contra el bulevar de Enero, que se puede tomar como un buen ejemplo para el análisis, hubo diferentes posicionamientos, valoraciones y actitudes. Entre las organizaciones y grupos de afinidad, hubo quienes fueron valientes, tratando de mantener la lucha hasta el final. Ello a pesar de que la prensa y el aparato del estado no sólo trataran de incrementaran la presión, sino también de aislar al barrio de quienes protagonizaban las movilizaciones y los disturbios. Apoyaron a las personas detenidas desde el principio, a pesar del riesgo de ser presentados ante la opinión pública como “violentos” o “radicales” que nada tenían que ver con la “normalidad democrática” de la ciudad. Fueron consecuentes, expresaron con claridad e inteligencia sus puntos de vista y continuaron hasta el final. Sin estas personas, sin estas actitudes, jamás se hubiera ganado la pelea ni se hubieran alcanzado los objetivos. El grueso de las personas que compusieron la Asamblea de Gamonal y de los vecinos y vecinas que participaban en las movilizaciones tuvo esta actitud, admirable.

Pero en estas peleas no faltan nunca grupos u organizaciones que realizan cálculos y reposicionamientos continuos en función de cómo evolucionan los acontecimientos, de los apoyos que puedan generar, y de cómo los medios de comunicación tratan el conflicto. Hay quienes tienen un posicionamiento ético contra la “violencia”, lo cual, en el caso del bulevar, desde luego es más que discutible, pero tiene un origen legítimo. Otros, en cambio, lamentan que cuando se desencadenan los disturbios su “trabajo político” se pueda ir al garete. Incluso los hay que, cuando las cosas se ponen feas, se apartan momentáneamente, de manera silenciosa, de los hechos. Pero cuando ven que miles de personas se vuelcan en la lucha y que su postura tibia puede llevarles a perder simpatías, reaparecen de nuevo en primera plana de los hechos, sin repetir las duras críticas a “los encapuchados” que habían lanzado anteriormente. Ni valentía política, ni ética, ni coherencia. De hecho, si la gente no secunda la movilización posteriormente ellos se quedan tan panchos condenando los hechos. La culpa es de los otros si las cosas van mal, y los éxitos son siempre suyos porque se arriman cuando las cosas van bien. Lo que se dice arrimarse al sol que más calienta.

Y es que cuando las luchas tienen un nivel alto de confrontación se ponen a prueba muchas cosas. En primer lugar, si en el plano de la ética se prioriza el pacifismo a ultranza, o la obediencia a las leyes (que en ocasiones implica la sumisión o al menos la derrota) o por el contrario se apoya a quienes se animan a pelear por una causa legítima, de forma desinteresada. Porque quienes participan en disturbios o resisten las cargas policiales no van a llevarse nunca ningún premio, sino que se exponen a múltiples consecuencias imprevisibles: golpes, palizas, detenciones, multas, cárcel…

En segundo lugar, también se pone a prueba hasta dónde podemos llegar. Cuando muchas personas luchan a fondo, como en el caso que analizábamos, se puede ganar. Contra un poder tan autoritario como el que padecemos en esta ciudad, y en este país, no suelen valer las negociaciones ni el diálogo. Quienes detentan el poder no están dispuestos a ceder. Nos han tocado tiempos muy duros. Así que o se asume una lucha a fondo, o más bien vale dejar la causa concreta por la que se pelea y buscar otra. Las consecuencias pueden ser graves, y por ello no siempre el sentido común nos encaminará a la confrontación. Es una decisión difícil. Pero no se puede engañar a la gente animándola a participar en movilizaciones cuando de antemano no se quiere llegar a pelear. Eso sólo generará frustración, desconfianzas y derrotas.

En tercer lugar, la coherencia. Obvia. Si se asume una postura, se espera que la mantengamos. Si animamos a la gente a pelear, luego no podemos enfrentarnos a ella, criticarla o abandonarla. Y si nos desmarcamos de una movilización porque adquiere tintes de gran confrontación, se espera que al menos hagamos un ejercicio de honestidad y no nos cambiemos de chaqueta buscando protagonismo posteriormente. Se espera que actuemos con honestidad, manifestando lo que pensamos, no lo que nos conceda un mayor rédito político ni que culpemos a otros cuando las cosas van mal.

Estas reflexiones no son ociosas. Se da en todos los planos de las luchas: en las vecinales, las sindicales, las electorales… Todos y todas deberíamos ser esclavos de nuestras propias palabras. Si las reflexiones posteriores nos llevan a cambiar de opiniòn, deberíamos reconocerlo con humildad y decir “nos hemos equivocado”. Y asumir las consecuencias políticas que eso tiene. Uno no está obligado a ser valiente en su actitud personal. A nadie se le puede ni debe exigir que participe en dinámicas que le superan o le asustan, o que no comparte. Pero incluso Gandhi decía que ante la violencia no se puede ser neutral; que la violencia del oprimido nunca es igual que la violencia del opresor, y que hay que elegir partido.

Pero, evidentemente, hablar de estos valores no supone únicamente reflexionar acerca de la violencia. Multitud de aspectos de las luchas tienen que ver con esto, con la ética, la valentía y la coherencia.

Cuando la derecha tertuliana y política de este país acusa a Pablo Iglesias, y a Podemos, de haber tenido vínculos con la Venezuela bolivariana, está poniendo a prueba estos valores. Me explico. Evidentemente, es falso que Venezuela sufragara la campaña electoral de esta formación, o que Pablo Iglesias sea una especie de agente encubierto del país caribeño. Pero sí es cierto que el dirigente de Podemos tenía (y a buen seguro sigue teniendo, en su fuero interno) claras simpatías por el proceso revolucionario de Venezuela. ¿Por qué? Pues, evidentemente, porque en este proceso hay multitud de aspectos interesantísimos, positivos e innovadores. Pero cuando la prensa acosa a este partido político, suele defenderse lanzando balones fuera. Como los medios de comunicación de este país llevan años satanizando la revolución bolivariana, Pablo y otros de sus compañeros (incluso aquellos que trabajaron como asesores de Chávez) tienden a escurrir el bulto, y no a decir lo que piensan, que además puede defenderse con muy buenos argumentos. ¿Por qué no hablan de los Consejos Comunales, una forma de organización autónoma de la población que les permite alcanzar la democracia directa y participativa? ¿Por qué no hablan de la gran reducción de la pobreza, incluso en estos tiempos de crisis global? ¿Por qué no hablan de la universalización de la enseñanza y la sanidad? ¿Por qué no hablan del empoderamiento de los pueblos indígenas, antes masacrados por el estado? ¿Por qué no hablan de los miles de colectivos campesinos, de mujeres, de pobladores urbanos, de trabajadores y trabajadoras, que apoyan la revolución? Habrá quien diga que sería poco inteligente, que los medios se les echarían aún más encima; pero de nuevo tenemos un dilema ético. Decir lo que pensamos, o decir lo que (creemos) la gente quiere oir.

Otro tanto le ha pasado a Izquierda Unida, aunque habría que remontarse muchos años en el análisis. Después de que los medios de comunicación iniciaran la campaña de derribo contra Julio Anguita (quien sí fue valiente, eso hay que reconocérselo), abandonaron la dureza de su discurso y no sólo adoptaron un programa socialdemócrata, sino que sus declaraciones jamás incluían una ruptura con el estado. Pensaron que la gente no quería cambios importantes, que tenían que moderar su tono para llegar a más gente… y todos y todas vemos dónde está la formación ahora.

En cuanto a los principales sindicatos de este país, UGT y CCOO, al margen de que la dirección aparentemente se rindiera o vendiera al capital y gobierno de turno, hay que destacar que se olvidaron de luchar. Después de los 80, cuesta encontrar movilizaciones obreras combativas y consecuentes que sean plenamente avaladas por estos sindicatos, más allá de las escasas huelgas generales en todo el estado. Cuando algún sector, como el de los mineros, se salía del tiesto, se veían a menudo en la tesitura de “condenar” o “reprobar” su actuación (el caso es marcar distancia) pero al mismo tiempo mantener su apoyo a los trabajadores y trabajadoras. Hoy también vemos dónde están: bastante al margen de las luchas sociales, que tienden a apoyar desde fuera, aun cuando muchísimos de los y las afiliadas participen en ellas.

¿Y qué decir en cuanto a ciertas cuestiones clave que en este país PSOE y PP consideran “asunto de estado”? ¿Quién ha sido tan valiente como para denunciar alto y claro la práctica de la tortura por parte de las fuerzas policiales? ¿Quién se ha posicionado contra el pretendido aislamiento político de la juventud vasca, o de los anarquistas? ¿Quién habla contra la islamofobia y el racismo sin cortapisas? Pues no demasiadas organizaciones. Es más fácil no enfrentarse al estado, cargar con más mierda a los chivos expiatorios de siempre, sumarse al carro de los medios y la opinión pública y repetir tópicos o, al menos, callar. Pero claro, tenemos otra vez el dilema ético.

En cualquier caso, esta cuestión no es nada nueva. Tiene mucho que ver con el accionar político de las masas, desde hace siglos. Es conocido el dicho de que “Para que triunfe el mal, no basta con que haya hombres malos; es necesario que los buenos no hagan nada para evitarlo”. En líneas similares hablaron ya José Martí y Gandhi. Ejemplos hay muchos en la historia. Por ejemplo, los socialdemócratas alemanes o los comunistas italianos frenaron a quienes querían enfrentarse militarmente a los fascistas antes de que llegaran a gobernar. Creían que era muy arriesgado. Pues así nos fue. O cuando cierto grupúsculo de Burgos tenía preparado un comunicado de “condena” por si alguien okupaba un local en el marco del 15-M (esto ya llega al esperpento). Ponerse la venda antes de la herida es una práctica habitual de buena parte de la izquierda.

 80983901El Frente Judaico Popular en “La vida de Bryan” leyendo un comunicado de rechazo antes de que los romanos ejecutaran al protagonista. ¡Eso es acción! Y qué anchos se quedaron dejándole en la cruz.

 

Para terminar, decir que quizás haya quien se sienta identificado/a en este post. Para bien o para mal, no es mi intención señalar para fustigar a nadie, pero quien está en la movilización política también debe asumir que puede ser objeto de crítica. Y más allá de siglas, están las responsabilidades individuales: cuando surgen debates o posicionamientos, tenemos en nuestra mano, nuestra mente y nuestra conciencia tomar partido por las decisiones que consideremos más correctas. Aunque no siempre sean las más útiles ni las que vayan a tener más aprobación. Esto afecta de manera especialmente dramática a los partidos políticos, ya sea por el miedo a perder votos o por quedar expulsado del sistema mediante la Ley de Partidos de Aznar y el PSOE (sí, la apoyaron y votaron a favor).

Y también, cómo no, destacar la posibilidad del error. Ni el autor de este post ni nadie puede presumir de tomar siempre la decisión más ética, valiente y coherente. Pero no está de más “fustigarse” de vez en cuando y reflexionar sobre la propia práctica. Aunque nos lleve a reconocer públicamente nuestros desaciertos. Contradicciones que tenemos por el hecho de ser humanos. Supongo que en el fondo lo que cuenta es la intención.

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