De nuevo tenemos que lamentar otra jornada trágica, otro día aciago, otra muerte ocasionada por los grupos fascistas. Otra vez en Madrid. También tuvimos que aguantar en nuestra ciudad, el día anterior, a un grupo de unos 50 ultraderechistas paseando con bengalas escoltados por la UIP, mientras dos antifascistas eran detenidos de forma absolutamente arbitraria y varios más golpeados por capricho de los uniformados. Más lejos, en Lyon, la policía antidisturbios disolvió a base de gases lacrimógenos y una gran dosis de violencia una marcha antifascista que mostraba su repulsa a la convención del Frente Nacional de Le Pen en esa ciudad. En el mismo país, en el Parlamento Europeo, decenas y decenas de fascistas se sientan en su escaño. Y en tierras más lejanas, allá en Ucrania,  las instituciones europeas apoyan a un oligarca que utiliza a los fascistas como arma de choque. Menudo panorama.

Comencemos por Burgos. El colectivo fascista “Respuesta Estudiantil” había realizado una convocatoria “nacional” para reunir a militantes de la ultraderecha en Burgos. Rápidamente se puso en marcha una respuesta popular. Pese a que los ultras extendían su llamado a todo el estado, tan sólo pudieron reunir a unas 50 personas. Sin embargo, la concentración antifascista y las movilizaciones de las Marchas de la Dignidad de esa misma tarde, que tan sólo convocaban a los burgaleses y burgalesas, reunieron a más de un millar de manifestantes. ¿Por qué, entonces, los neonazis pudieron marchar con impunidad, con sus símbolos fascistas y sus bengalas por el centro de Burgos?

 manifa-fascista1Foto tomada de Burgosconecta.es

Pues por lo de siempre. Cerca de un centenar de agentes de la UIP, con al menos 12 furgones, se dedicaron, por un lado, a escoltar a los ultraderechistas, y por otro, a retener y reprimir a quienes protestaban contra el fascismo. Permitieron a los neonazis pasearse por el centro con toda su simbología fascista y encender bengalas. Detuvieron a dos antifascistas y golpearon a varias personas más. Pretenden imputar a las dos personas detenidas unos daños en una entidad bancaria que en realidad se produjeron tres semanas antes, en una de las manifestaciones contra la reforma de la plaza de toros tras varias cargas policiales.

Por otro lado, nada de esto es nuevo en esta ciudad. Desde los años 80, el fascismo ha sido repudiado en Burgos cada vez que ha intentado asomarse a la escena pública. De hecho, la lucha antifascista ha conseguido que sean muy pocos los integrantes de estos grupos ultraderechistas, y que sólo intenten hacerse visibles cuando acuden personas de fuera. De hecho, el sábado quedó evidenciado que los ultras burgaleses eran a lo sumo una decena, ya que de los 50 que se manifestaron la gran mayoría se fue en autobús de vuelta a sus lugares de procedencia.

Por otro lado, al día siguiente ocurrió una tragedia. La peña ultraderechista Frente Atlético movilizó a sus integrantes para preparar una encerrona a la peña gallega Riazor Blues, conocida por mantener posiciones ideológicas opuestas; es decir, por su antifascismo. Pese a que la policía conoce perfectamente a la mayoría de los integrantes del Frente Atlético, saben que son un grupo violento y peligroso que cuenta con centenares de agresiones y algunos asesinatos en su haber, no pudo, o no quiso, impedir esta emboscada. El resultado: decenas de heridos, la mayoría por arma blanca, y un muerto. Ahora la prensa mayoritaria se lleva las manos a la cabeza y trata además de criminalizar a las víctimas, mezclando el fascismo con las hinchadas de fútbol de manera indiscriminada y tratando a todos por igual. Parece que no hay interés alguno en las fuerzas de seguridad (y quienes las dirigen) por acabar con los grupos fascistas organizados, ni tampoco en la prensa por aclarar qué es lo que ha pasado, quiénes son los responsables y quién tolera esta violencia. Eso sí, a la hora de difamar a aquellos sectores de las aficiones que se oponen al fascismo y al autoritarismo de quienes nos gobiernan ambos estamentos parecen estar de acuerdo. Así, se trata de mezclar el asesinato de un aficionado con sus grupos afines, en lugar de afinar el tiro y desenmarañar la estructura fascista que va desde los campos de fútbol hasta los partidos políticos fascistas y quienes los amparan.

Alejándonos un poco, también debemos hablar de Francia. Este fin de semana, una manifestación contra la convención del Frente Nacional en Lyon acabó en disturbios y fue disuelta con gases lacrimógenos por la policía. Sin embargo, la convención, absolutamente blindada por las fuerzas de seguridad, pudo continuar adelante. Recordemos que el partido fascista Frente Nacional, de Jean Marie Le Pen, su hija Marine y su nieta Marion, ganó las elecciones europeas de Mayo en Francia. La preocupación es notoria. Más aún si tenemos en cuenta que en esas elecciones los ultraderechistas de toda Europa consiguieron alrededor del 20% de los votos, obteniendo decenas de escaños en el Parlamento Europeo de Estrasburgo.

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Y, más preocupante aún, es la postura que tanto los conservadores como los liberales de Europa han adoptado en torno al conflicto ucraniano. Desde hace un año, milicias nazis  se han aliado con sectores de la oligarquía ucraniana. Estos grupos y partidos, como Svoboda y Pravi Sektor (que se reivindican como herederas de los voluntarios que apoyaron a Hitler en la II Guerra Mundial), han declarado firmemente su voluntad de expulsar por la fuerza a las minorías judías y rusófonas del país. En su pugna geoestratégica contra Rusia, la Unión Europea ha considerado oportuno apoyar a un gobierno dirigido por un oligarca como Poroshenko, que utiliza estas milicias como ariete en la guerra civil que asola el país.

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Miembros de las milicias nazis durante el golpe de estado del año pasado.

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Ante este panorama, cabe hacer varias reflexiones.

La primera, que en el estado español la ultraderecha política está ubicada fundamentalmente en el Partido Popular, y que el hecho de que gobierne evita que los grupúsculos ultras crezcan en número de miembros. Eso sí, continúan gozando de impunidad. Por otro lado, desde el fin del franquismo no se ha producido una ruptura frontal ni formal con la dictadura: ni con los responsables políticos de aquella época, ni con los que dirigían la economía amparados por el régimen, ni mucho menos con jueces, policías, guardias civiles y militares que cometieron terribles abusos. De hecho, el origen de los grupos paramilitares de extrema derecha de los 70 y 80 como el GAL, la Triple A, el Batallón Vasco-Español o los Guerrilleros de Cristo Rey es precisamente el estado franquista.

Por otro lado, se tiene que hacer otro apunte, fundamental para entender lo que vivimos. En los años 30, en medio de la crisis y de grandes convulsiones sociales, ante el miedo a posibles revoluciones, el gran capital apostó por el fascismo. En el estado español, en Alemania, Italia y otros regímenes, fueron la respuesta política de la burguesía ante los posibles cambios sociales.

¿Por qué es importante recordar esto? Muy sencillo. El capitalismo es un sistema en crisis. No puede sostenerse como hasta ahora, especialmente en los lugares más sacudidos por la pobreza. Y cuando la “democracia” que nos han ofrecido no les sirve, pueden recurrir a otras formas de dominación.

Seguramente vengan cambios de gobierno, y quizás de sistema, en varios países europeos; Syriza y Podemos pueden ganar elecciones, más allá de que puedan ofrecer dudas como alternativas populares. Veremos qué ocurre si finalmente la derecha y la corrompida socialdemocracia pierden el poder. ¿Optarán por la estrategia fascista-golpista, como en Venezuela?

El discurso de la izquierda oficial en torno al fascismo debe abandonarse cuantos antes. No se puede decir que la lucha contra el fascismo debe dejarse en manos del estado, ni que es “perder el tiempo”. Los fascistas son un peligro, están organizados, gozan de impunidad y de fuertes vínculos con algunas instituciones y grupos empresariales. No podemos ignorarlo y mantenernos al margen. No le cedamos espacios, no permitamos que crezcan. Y apoyemos a las víctimas y a quienes son represaliados en esta lucha, aunque en ocasiones eso parezca “incómodo” para determinados partidos políticos.

 

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