Cuando se suele hablar de cooperación internacional, o de acuerdos entre gobiernos, normalmente nos referimos a dos cosas: a la “ayuda” occidental al desarrollo o a tratados de libre comercio.

La ayuda occidental suele presentarse de muchas formas, pero raramente presenta un beneficio neto y desinteresado por parte de quien la otorga. La ayuda militar, por ejemplo, permite la ocupación de un país. Los consejos en política económica que otorgan el FMI y el Banco Mundial siempre consisten en privatizar servicios y empresas públicas, exportar materias primas a precios bajos y reducir la democracia (cuando existe). Incluso la ayuda humanitaria, en muchas ocasiones, beneficia más al que la otorga que a quien la recibe. Para una crítica argumentada y contundente a la ayuda occidental, resulta muy recomendable el libro “¿Quién ayuda a quien?”, de Yash Tandon.

Sobre los tratados de libre comercio qué se puede decir… suelen consistir en un auténtico saqueo de materias primas y un desmantelamiento de la precaria industria de los países menos desarrollados, que no pueden competir con los precios y los subsidios de los países capitalistas occidentales. Además de que se suelen establecer con gobiernos que violan recurrentemente los derechos humanos, especialmente los sindicales y laborales. Un ejemplo paradigmático es el del TLC de la UE y EEUU con Colombia.

Pero, por supuesto, existe otra cooperación, basada en la solidaridad internacional. Es la llamada cooperación “sur-sur”, entre iguales, donde también hay un interés claro en las naciones: fortalecerse mutuamente, a varios niveles, y reducir la dependencia de los países imperialistas.

Cuba fue pionera en toda esta política. Desde el mismo año en que la Revolución triunfa (1959) comienza a desarrollar iniciativas muy variadas de apoyo a los pueblos hermanos de América Latina, África e incluso Asia. Apoyó a los movimientos guerrilleros de medio mundo en su lucha contra las potencias coloniales, que buscaban perpetuar su dominio imperial en toda África. Envió médicos por todo el planeta (actualmente más de 50.000) para combatir enfermedades de las que nadie se hacía cargo, con la única excepción de Médicos Sin Fronteras. Colaboró con la alfabetización de miles de personas en decenas de idiomas a través de los mediadores culturales que viajaron por los tres continentes, exportando su método incluso a Sevilla.

Por otro lado, desde el año 1999, en el que empiezan a soplar nuevos aires políticos en América Latina, vuelve a sonar con fuerza la idea de la integración americana. Numerosos países comienzan a reforzar alianzas y derrotan el plan de Washington de establecer el “Área de Libre Comercio de América“, inaugurando en su lugar multitud de organismos regionales que no dependen de EEUU. Pues bien, varias de estas instituciones desarrollan precisamente distintas labores de solidaridad internacional y cooperación horizontal: el ALBA, PetroCaribe, UNASUR… desarrollando proyectos muy concretos que benefician ampliamente a los pueblos de América.

La Operación Milagro es uno de ellos. Cada año, decenas de miles de latinoamericanos viajan a Cuba para operarse, fundamentalmente, de cataratas y miopía de forma totalmente gratuita, en virtud de acuerdos entre el gobierno de la isla, Venezuela y otras naciones. Enfermedades que antes condenaban a la pérdida de visión perpetua son ahora eficazmente tratadas.

PetroCaribe es otro de ellos. Venezuela vende petróleo a precios inferiores a los del mercado internacional a numerosos países e incluso ayuntamientos de EEUU, con la condición de que se impulse el desarollo social. Es decir, en lugar de ordenar privatizaciones y miseria, como dicta el FMI, se condiciona el acuerdo, sin letra pequeña, a que se invierta en salud, educación e igualdad, además de establecer una alianza política. Nada que ver.

En lo referido a la educación, podemos destacar también el amplio historial de Cuba en la recepción y formación de estudiantes procedentes de países aislados o en conflicto. Venezuela se ha sumado también a esta experiencia, originando multitud de acuerdos con naciones como Palestina, que raramente encuentran instituciones fuertes que quieran colaborar directamente ni mucho menos firmar acuerdos estables que irriten a Israel.

En definitiva, se puede colaborar de manera eficaz y desinteresada, o más bien con el interés de los pueblos. Ahora, esta decisión exige recursos y valentía política, que no siempre abunda entre la élite política. Algún día tendremos que tejer lazos solidarios con otras naciones, por nuestro mutuo beneficio e incluso por nuestra supervivencia; esperemos que sepan perdonar el siniestro historial de saqueo que el estado español acumula.

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